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LA VIDA QUE ELEGÍ

Muchas veces he hablado de como se dieron las cosas en mi vida: Me enamoré de la música siendo un niño, aún así decidí estudiar ingeniería eléctrica, para darme cuenta de una vez por todas que el amor de mi vida era la música y que quería dedicarme tiempo completo a ella.


La aventura desde entonces ha sido un viaje increíble.


Yo no sabía bien a qué me estaba enfrentando el primer día en que dejé de ser empleado y lleno de ilusiones, arrancaba la aventura de ser músico tiempo completo.

Sin ser formado oficialmente en una academia, mis primera forma de subsistir fue dando clases de guitarra y de canto. Todo lo que había aprendido hasta ese momento de manera empírica, era mi material de clases. Eso me intimidaba mucho, porque al no saber cómo se estructuraba oficialmente un contenido de un curso de guitarra, me veía en la obligación de organizarlo de la manera que lo encontraba más práctico para los alumnos, y al ver que ellos aprendían, yo me entusiasmaba.


También fui director musical de algunos grupos de niños. Fue un aprendizaje increíble. Eran niños que querían hacer rock, montaban covers de AC/DC, Metallica, Guns N Roses, etc.. y yo les ayudaba en el ensamble. Lo más gratificante de todo, es que hoy en día algunos de ellos se dedican a la música y tienen proyectos exitosos.

Luego empezó la aventura de la producción por mi propia cuenta y el nacimiento de Volta. De eso también ya he escrito.


Hoy quiero reflexionar sobre esta vida que elegí vivir y lo que representa para mí.

Cuando trato de recordar mi niñez y tratar de sacar teorías de cómo se sembró en mí la sensibilidad por el arte, nunca llego a conclusiones claras. Tengo un tío que canta y toca guitarra, y ese tío (y mi mamá) tienen un primo que es compositor y cantante. Mi papá siempre ha escuchado música y es una persona que aunque pareciera muy racional, es ultra sentimental. No sé si estas pocas variables eran el caldo perfecto para cocinar en mi ser la sensibilidad necesarias para interesarme por la música, pero aquí estoy. De hecho, cuando era niño me gustaba dibujar y soñaba con hacer una revista. En fin, lo que si tengo claro es que mi vida cambió cuando intenté tocar guitarra. Tenía 7 años. Hoy tengo 42. Eso son 35 años tejiendo un mundo en mi cabeza que gira en torno a sonidos, armonías y ritmos. 35 años que volvería a vivir si me dan la opción de elegir.


Pero en concreto, ¿qué significa para mí ser músico?


El universo de la música tiene muchos laberintos, muchos caminos que se pueden recorrer. Lo que yo he vivido es sólo uno de tantos. Mi primer amor fue la guitarra, luego me enamoré de cantar, luego de la producción y todo el maravilloso mundo de la grabación. Y en todos estos años he conocido personas grandiosas que han vivido la música de formas muy diversas y diferentes a mí. He ratificado lo que me gusta y lo que no me gusta, y cada día que pasa sigo construyendo en pro de lo que sigo soñando.

Ser músico es para mí, tener la llave para abrir la puerta a otra dimensión donde se encuentra la forma mas sublime de la expresión. La música me hace libre y me llena de paz. Me hace sentir parte de todo lo que conforma el mundo, y tal como lo dijo Nietzsche, “La vida sin música sería un error”. En mi adolescencia entendí que la música es el lenguaje del alma y así lo verifico todos los días.


He conocido músicos de todo tipo. Por ejemplo los que son especialistas en un sólo instrumento: guitarristas, bajistas, bateristas, percusionistas, pianistas… no importa el instrumento, todos tienen el mismo denominador común: la pasión incuestionable e inquebrantable por su instrumento. Se vuelven músicos de sesión, participan en las grabaciones de otras personas y son un deleite para nosotros los productores a la hora de trabajar en una grabación. También tienen sus propios proyectos musicales y muchos llegan a convertirse en verdaderas celebridades.


Están los docentes, que también son especialistas en algún instrumento, pero que sienten un amor gigante por enseñar.

Los compositores también son otra raza diferente. Yo estoy ahí. Creo que los compositores son los “inventores” de la música, o así lo veo yo. Cuando estoy con otros compositores me doy cuenta que tenemos una forma implícita de entendernos, que sobran a veces las palabras para saber lo que estamos pensando.


Hay otros músicos que entregan su vida a tocar en los bares, restaurantes, eventos, matrimonios, etc… se vuelven expertos del escenario y del manejo del público. Saben mucho de los aspectos técnicos de un montaje en vivo y del trabajo en equipo.

Y están los músicos que no son músicos. Los que tienen algún trabajo o que estudian alguna otra carrera, pero que su pasión o hobbie es la música. A esos los conozco muy bien, porque hay muchos! Son los más soñadores, forman bandas y son increíblemente apasionados. Muchos de estos vienen al estudio con regularidad y los admiro toneladas, son personas que viven en dos mundos aparte y no sé como lo logran.


Seguro se me escapan muchos otros tipos de músicos, pero si está claro que la música despierta un gen soñador en todo el que le abre las puertas, que nos hace vibrar con el ritmo, las melodías y las armonías y soñar cualquier tipo de realidades alternas que a toda costa tratamos de materializar.



Para mí, ser músico es eso. Ser un soñador incansable, que al mismo tiempo se relaciona con otros soñadores incansables para construir otra realidad que sólo podemos imaginar en nuestras mentes soñadoras y que materializamos a travez de canciones.

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